Hoy quiero presentaros unos versos del poeta ovetense Ángel González (1925). Soy consciente que tanto los versos como el autor son más que conocidos, pero se unen dos circunstancias o razones poderosas para que sea así. Primera que Ángel González desgraciadamente no fue uno de mis primeros descubrimientos en la poesía de nuestro país, aunque con el devenir de los tiempos se ha acomodado en la parte de mi librería que yo denomino “esenciales”. Y segunda, su reciente y triste desaparición, me obliga de alguna manera a rendirle al menos un sincero y admirado recuerdo. El poema que os presento pertenece al libro “Áspero mundo” de 1956, con el que obtuvo el Premio Adonais. Se trata de un poema iniciático y fruto de su experiencia personal con la Guerra Civil. Hace años, mi hermana Julia me regaló el libro-disco “La palabra en el aire”, donde Ángel González colabora con el cantautor Pedro Guerra. Para mí, oírle estos versos tan duros de sus propios labios, fue un descubrimiento. Desde ese momento comencé a saborear toda su poesía, pero difícilmente cuando sale su nombre en alguna tertulia logro obviar el poema trascrito. Y no porque el nihilismo y la fugacidad humana sean base de mi credo vital, pero la duda y el desasosiego que me producen es lo más parecido que puedo encontrar a la belleza o la verdad clásica. El “viaje milenario de mi carne” es junto a la desesperanza final, sencillamente abrumador.
Espero que lo disfrutéis.
PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ (audio)
Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento…