Hasta ahora no habíamos abordado la posibilidad de oír y ver a nuestros grandes autores. Os dejo ante una excelente entrevista de Joaquín Soler Serrano a Jorge Luís Borges, me parece que se trata de un buen ejemplo del tremendo pozo cultural que aglutinaba el autor de El Aleph. No en vano, entre otros muchos reconocimientos, en 1984 en Sicilia recibió una rosa de oro, símbolo de la sabiduría. En Milán, Franco María Ricci publica el cuento El Congreso en una edición lujosísima con letras de oro… Aunque, su mayor reconocimiento, creo que continúa siendo el que sus páginas aún naveguen por nuestras cabezas. En cierta ocasión Borges, comentó “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído”, pues, precisamente eso.
Hoy quiero presentaros unos versos del poeta ovetense Ángel González (1925). Soy consciente que tanto los versos como el autor son más que conocidos, pero se unen dos circunstancias o razones poderosas para que sea así. Primera que Ángel González desgraciadamente no fue uno de mis primeros descubrimientos en la poesía de nuestro país, aunque con el devenir de los tiempos se ha acomodado en la parte de mi librería que yo denomino “esenciales”. Y segunda, su reciente y triste desaparición, me obliga de alguna manera a rendirle al menos un sincero y admirado recuerdo. El poema que os presento pertenece al libro “Áspero mundo” de 1956, con el que obtuvo el Premio Adonais. Se trata de un poema iniciático y fruto de su experiencia personal con la Guerra Civil. Hace años, mi hermana Julia me regaló el libro-disco “La palabra en el aire”, donde Ángel González colabora con el cantautor Pedro Guerra. Para mí, oírle estos versos tan duros de sus propios labios, fue un descubrimiento. Desde ese momento comencé a saborear toda su poesía, pero difícilmente cuando sale su nombre en alguna tertulia logro obviar el poema trascrito. Y no porque el nihilismo y la fugacidad humana sean base de mi credo vital, pero la duda y el desasosiego que me producen es lo más parecido que puedo encontrar a la belleza o la verdad clásica. El “viaje milenario de mi carne” es junto a la desesperanza final, sencillamente abrumador.
Me llamo Francisco Sánchez Henares. Nací en Rute, la patria del aguardiente oloroso, en palabras de Camilo José Cela. Realicé los estudios de Derecho en la Universidad de Córdoba, aunque mi quehacer profesional me ha llevado a navegar en mares tan dispares como la banca privada o la industria metalúrgica.